La virgen del rosario, su camarín y la mayor ocasión que vieron los siglos

Forografía de Javier Satori. Camarín de la Virgen del Rosario.

Escondido en un lateral de la iglesia parroquial de Santo Domingo se encuentra el camarín de la Virgen del Rosario, rara joya del barroco local que muy pocos conocen aún a pesar de su magnificencia devota, de sus impresionantes dimensiones y de la colección de frescos que, en sus salas laterales reproducen con todo detalle la victoria, por intercesión de esta advocación mariana invocada por el Papa Pio V para que las tropas capitaneadas por el adalid de la cristiandad, Don Juan de Austria, salieran victoriosas en la batalla del golfo de Lepanto lidiada por la Santa Liga contra las tropas turcas.Desde la contigua iglesia imperial de Santo Domingo con la que comunica a través de un vistoso cobertizo que salva la calleja que las separa, se puede observar un magnificiente retablo que eleva los espíritus al cielo hasta las cumbres del barroco más saturado de angelotes. Efectivamente, flanqueada por una corte celestial de ángeles y arcángeles que parecen elevarla en volandas hacia el cielo, se muestra a los fieles la imagen del Rosario, copatrona de la ciudad de Granada (junto a San Cecilio y la Virgen de las Angustias) vestida toda su figura diminuta e hierática de plata al estilo clásico de las vírgenes andaluzas.Una copia del fanal de la nao capitana de los cristianos la flanquea; querubines, ángeles y arcángeles la arropan con su innumerable ascenso; los mil y un espejos del camarín multiplican su belleza en un conjunto inagotable y por momentos excesivo de colores y orlas.

La mayor ocasión que vieron los siglos

Forografía de Javier Satori.

Cada mes de octubre, coincidiendo con el día siete de octubre, la banda de la marina llega hasta el Realejo granadino para entonar los sones de la salve marinera primero en los aledaños de la iglesia y posteriormente en vistosa procesión por el barrio, peculiar tradición que celebra y recuerda aquel enfrentamiento desigual entre cristianos y musulmanes que ‘milagrosamente’ constituyó una victoria pírrica y absoluta para Santa Liga formada por los ejércitos de toda cristiandad, acaudillados por España y seguidos por las repúblicas de Génova, Venecia y por los propios estados vaticanos. Incluso el soldado Miguel de Cervantes pudo constatar en persona cómo los 100 barcos de la flota cristiana formados en cruz a modo de ariete arremetieron contra nada menos que trescientos bajeles dispuestos por Ali Bajá para contener primero y al tiempo envolver a los envalentonados cristianos. La estrategia de choque de la capitanía cristiana (asesorada secretamente, por indicación de Felipe II, por el lugarteniente de la batalla, Don Luis de Zúñiga) se mostro más eficaz que la del turco, produciéndose finalmente la debacle de los otomanos cuyos bajeles fueron capturados o hundidos dejando, al final de aquel glorioso día para la cristiandad, un mar rojizo que fue relatado a lo largo de los siglos por los cronistas.
En un solo día por tanto cambió el curso de la historia, para que Cervantes perdiera uno de sus

Forografía de Javier Satori. Detalles del interior.

brazos convirtiéndose ya de por vida en ‘El manco de Lepanto’ y para que las orillas de aquel golfo griego se poblaran de infieles en lo que supuso la mayor derrota del turco y la gran victoria del hermano bastardo de Felipe II, Jeromín, Don Juan de Austria.

César Requesens